Fujiyama

Monte sagrado, único en el mundo por su soberbia elegancia y gallardía, monte formado por la mano de los dioses durante una horrible noche de terremotos en la que la tierra, que quedó vacía, fué invadida por las aguas, tomando el nombre de Biwa no iké : lago Biwa, lago lleno de encantos y de leyendas, con la imagen del Fujiyama eternamente reflejada en él.
El monte Fuji que no es una montaña, sino un volcán, es el símbolo japonés por excelencia. Es lo más fotografiado del país.Se puede escalar hasta la cima (de 6 a 8 horas), y de hecho los japoneses creen que es algo que deben hacer antes de morir.
Para los japoneses el Fujiyama es el compendio de todas las bellezas; los poetas lo citan en sus mejores composiciones y los pintores se deleitan reproduciéndolo en sus dibujos y pinturas.

Nunca puede olvidarse la impresión tan honda de belleza, de algo fantástico, de algo sobrenatural experimentada al contemplarlo por primera vez. Yérguese altivo, aislado, único, señero, sin el cortejo de satélites de montículos que mermen la grandiosidad de su altura, con toda su soberana majestad, imponente y magnífico, bello de toda belleza, mostrando su suave tinte gris azulado, coronado de nieves perennes, que en invierno descienden hasta la mitad de su altura y en verano semejan puñados de hojas de loto derramadas en su cima coronada por el tenue airón de vapores, cual si se quemase incienso en sus recónditas entrañas en honor a todos los dioses fundadores de las encantadas islas del Japón.
De todos los ámbitos del imperio acuden diariamente peregrinaciones dirigidas por sacerdotes, formando grupos cuyos individuos han de ser contados, pues en la cúspide soplan tan fuertes huracanes, que muchas veces una ráfaga de viento precipita a los hombres por las vertientes en medio de los mayores riesgos, y algunas veces se ha registrado la desaparición de los despeñados en los hondos abismos que se abren en sus laderas. De aquí la conveniencia y aun la necesidad de recontar el número de peregrinos de cada grupo para proceder inmediatamente a la busca del que se echare en falta. Afortunadamente, las iras de Eolo no se desencadenan siempre. Hay días hermosísimos de quietud, de serenidad, de luminosidad indescriptibles, durante los cuales son las almas las que acuden a disfrutar, con los cansados cuerpos, de las bellezas sin fin del inolvidable espectáculo.

Durante el mes de agosto, los japoneses aprovechan las vacaciones (sobre todo por las escolares) para subir a la cima del Fuji. Durante la denominada semana Obon son miles y miles las personas las que comienzan la escalada en una lenta procesión. La semana Obon conmemora a los antepasados, y se cree que es entonces cuando sus espíritus vuelven a la tierra para visitar a sus familiares. Se puede ver en todas las cabañas del Fuji grandes lámparas y farolillos que indican a sus antepasados el camino a seguir. Como Japón se rige por el calendario lunar, la fecha es imprecisa, celebrándose más o menos entre el 12 y el 20 de agosto.
Aquel que desee llevarse como recuerdo — y lo desean todos — un puñado de tierra de la montaña sagrada, tiene que ir provisto de otra cantidad igual de la misma materia, tomada de la base, substituyendo una por otra al llegar a la cumbre. Si alguien quebranta la rigidez de este justo pacto entre la montaña y el hombre, no tarda en recibir de los dioses el adecuado castigo, pues se extraviará en el camino y nunca más podrá volver a hallarlo.

Son tantas las peregrinaciones, que durante el año son centenares de miles de hombres los que suben a lo sumo del Fujiyama. Sin embargo, durante las incontables centurias de años no se ha alterado en nada la línea del monte, conservando su inmutable silueta, pues la creencia popular afirma que toda la tierra que bajo la presión de la planta humana rueda desde la cumbre a la falda, torna, durante la noche, a subir por sí sola desde la falda a la cumbre, ocupando el mismo lugar del que fue arrancada. De este modo cuidan los dioses de que en el transcurso de los siglos no pierda el sagrado volcán su hermosura soberana.
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